Pues esto era un borrico, en los pasados carnavales, que quería ir al desfile, pero que no tenía disfraz. Este borrico tan desdichado ero yo. El día del desfile, por la mañana fui a casa de mi amiga la jineta, a ver si ella tenía un disfraz para prestarme. Y tampoco. Fui a casa de mi amigo el oso Matías, a ver si él me prestaba un disfraz. Resultó que tenía uno, pero que era el que iba a usar él. De camino a casa, me encontré con mi amiga la anaconda, Rodolfo, con la que me paré a hablar un rato. Resulta que era la época en que Rodolfo cambia de piel, y todavía la tenía en casa. Entonces, se me ocurrió una idea. Podía utilizar la vieja piel para disfrazarme de serpiente. Y así lo hice. Me escurrí entre la gente que estaba viendo el desfile. Una mujer, me vio, y se asustó tanto que se desmayó. Cuando la gente me vio, eso de tener una serpiente entre los pies no gustó mucho. Todo el mundo salió corriendo y se acabó el carnaval.
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